Inca Jungle, camino a Machu Picchu

Las Navidades nos alcanzaron en Perú, como preveíamos, concretamente en Cuzco camino de Machu Picchu.

 


 Como cualquier ciudad sudamericana que se precie, Cuzco estaba repleta de comerciantes, en especial en la plaza de armas. La temática en esta ocasión no podía ser otra que la Navidad: musgo, figuritas del Belén, cohetes, petardos y panetones. ¿Panetones? Sí, panetones, esa gran magdalena italiana con pepitas de chocolate o frutas confitadas por dentro es la tradición aquí el comerlo con chocolate en nochebuena. ” No hay Santa Claus, sólo panetone con chocolate para los niños y una cena familiar.” Nosotros ni éramos niños ni teníamos familia , así que continuando con nuestra vida normal, contratamos una excursión para llegar a Machupichi en 4 días y 3 noches y la Navidad nos sorprendió en bicicleta.


El equipo lo formábamos Gerardo a la cabeza, Tino a la retaguardia (no mi hermano, sino el guía peruano) y en medio, como no, la inigualable yo y una americana, Kelly… un auténtico personaje que encajaría en una película de comedia americana cuyo trailer presentaría algo así: Kelly, una chica de Chicago viaja a sudamérica como profesora de inglés pero encuentra que allí sus buenas costumbres no tienen validez cuando se trata de vivir en la selva. El primer día el trayecto iba de Cuzco a Santa María en bici descendiendo unos 2000m, esta vez sin coche de apoyo. Volvimos a adentrarnos en el clásico paisaje tropical repleto de flores, hojas gigantes y frutas…. Bueno, pues para quienes ya conozcan el lado coleccionista de Gerardo, diré que decidió añadir por fin a su larga lista las frutas, mientras las saboreábamos directamente de los árboles del camino como fuente de energía. La yuca, el plátano, la manga, la papaya, la mandarina, la chirimoya y la palta (aguacate) característicos en estos lares. Los cafetales, los más abundantes junto con el cultivo de coca. Y la lucuma, una nueva especie que descubrimos, se usa para jugos y postres.


 A la mañana siguiente amaneció lloviendo con fuerza ” ¿Qué vamos a hacer ahora, Tino? ” preguntamos creyendo que habría que esperar a que amainara. “Nos juntaremos con otros dos grupos por si tenemos que atravesar alguna zona de derrumbes.” La pobre Kelly, aún con la tostada en la mano y la maleta de ruedas aparcada a su vera no era muy consciente de lo que suponía. “¡Ah Kelly! Lo siento, pero no podremos enviar tu equipaje en bus hasta Santa Teresa porque las carreteras están cortadas y las escavadoras no trabajan en estas fechas, deberás llevarla.Con este percal comenzamos el segundo día de excursión. Todos cubiertos con los ponchos en un vano intento de mantenernos secos mientras nuestras zapatillas impermeables sucumbían al chaparrón burbujeando los restos de aire que quedaban en su interior. Kelly añadió a su inusual vestimenta un paraguas…

Tal como predijo Tino, ahí estaban los derrumbes, y no quedó otro remedio que atravesarlos. El suelo se había convertido en una masa de barro y piedras deslizándose desde la montaña por un precipicio hasta el río. Nosotros evitábamos hundirnos, y por supuesto no caernos. Kelly con su paraguas y su maleta de ruedas a la espalda. Hasta que de pronto el camino se transformó en caminito: apenas alcanzaba a caber un pie. Sólo durante 50 metros. “Un pie, otro pie. Un pie, otro pie. Muy bien Esther” me repetía impidiendo que mi mente divagase más allá de la básica técnica de caminar. No hubo ningún incidente, y los guías parecían estar tranquilos, como si el peligro únicamene fuera un producto de nuestra imaginación.

Las ocho horas de caminata murieron en las aguas termales de Santa Teresa: caliente, transparente y una espectacular visión alrededor.

La tercera jornada transcurrió a lo largo de la vía del tren. Era más sencillo, con menos cuestas y, exceptuando que debíamos estar al tanto para apartarnos cuando pasara el tren, en un principio no era duro… pero llovió a cántaros. Llegando a Aguas Calientes concluimos con que había que hacer algo con las zapatillas: no podíamos continuar con los pies mojados. De lavandería en lavandería buscando quién nos secara el calzado esa tarde, dimos con un tipo que aceptó. ” Y este par de calcetines también por favor, que no tengo otros.” Añadió Gerardo a la encomienda. “En un par de horas están listos. ” Nuestro amigo inglés, que se había sumado a la idea, nos apostó que se retrasaría por cualquier excusa insalvable… Así fue ” Pesaban demasiado y tuve miedo de que rompieran la secadora, por lo que sólo pude lavarlas. ” – ¡Genial! ¡Más mojadas aún! – ” Pero quería consultarles la posibilidad de meterlas en el horno de leña que tenemos en el restaurante… ” ¿Qué remedio? a las 23:00 sentados en un bar con las zapatillas a la parrilla, parodiabamos la situación en un spaninglish cuando Gerardo cayó en los calcetines. “¡Uy! ¡Se me olvidó lavarlos! ” ¿Cómo dar con unos a estas horas? Salíamos hacia Machupichu a las 4 am … No había tiempo… Terminó comprándole al camarero los suyos.

Todavía de noche, nos levantamos para subir hasta Machu Picchu con la intención de llegar entre los 400 primeros, los únicos que pueden optar a ascender a Wayna Picchu (el pico que se ve detrás en todas las postales). La gente caminaba con prisas sin saber que las incontables escaleras empinadas debían tomarse con tranquilidad. En 1,5 hora vimos amanecer, las nubes bajo y sobre nuestros pies bailando en torno a las montañas, vimos por fin las primeras ruinas de la considerada maravilla del mundo. La niebla cambiaba el paisaje cada 30 segundos, lo que le confería un aspecto misterioso. Las llamas que allí pastaban eran otra de las atracciones. Estábamos ilusionados aunque el cansacio nos sumió en un sueño sobre los bancales. Una vez descansados nos dirigimos a Wayna Picchu: 1000 escalones que paso a paso, venciendo el vértigo, nos ofreció la mejor perspectiva de Machu Picchu.

Esta increíble construcción Inca tardó varios siglos en ser decubierta y es que en la invasión de 1500 los lugareños se encargaron de destruir los caminos que hasta ahí llegaban. Entre sus primitivas esculturas puede descifrarse la trílogia de los tres niveles de la vida: cielo, tierra y subtierra, representados por el cóndor, el puma y la serpiente respectivamente, responsables de la reencarnación. Vivían en armonía con la naturaleza, y desarrollaron sofisticadas técnicas tanto de agricultura como de arquitectura y canalización de agua. Hoy es considerada como una de las Maravillas del Mundo.


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1 comentario

  1. Carmen said,

    enero 12, 2010 a 11:33 am

    No hay palabras, solo me queda felicitarte a ti esther, y a ti Gerardo por tus fotos que seguro son buenisimas todas, que entre los dos habeis conseguido que nos enganchemos a vuestro blog, no solo por el cariño que os tenemos, sino también por la forma de contarnos vuestra aventura ..Ahhhhhhh y pedir al año que viene a Papa Noel unos calcetines nuvevossssssss
    Muchos besoooooooooooos


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